Liderazgo feminista
- Red ΖΩΗ

- 13 ene
- 3 Min. de lectura
No se trata de ocupar un lugar, se trata de cambiar las reglas del juego.
En un momento en el que se multiplican las crisis, desde la climática hasta la democrática, cada vez son más las voces que coinciden en lo mismo: los viejos modelos de poder ya no funcionan. Pero hay una alternativa que florece desde las sombras, desde las periferias, desde las comunidades: el liderazgo feminista. No es solo una cuestión de género, es una propuesta radical para redefinir lo que significa liderar, decidir y transformar.
En este artículo, exploramos por qué este liderazgo no solo es necesario, sino urgente... y cómo la sociedad puede dejar de obstaculizarlo y empezar a empoderarlo de verdad.
Sigue leyendo: porque el futuro no se construye con más jerarquías, sino con más justicia, empatía y valentía colectiva.

En los últimos años, hemos celebrado hitos importantes: más mujeres en los parlamentos, en los consejos de administración, en los escenarios internacionales. Pero, aunque aplaudimos estos avances, sigue habiendo una pregunta: ¿estamos transformando realmente el poder... o simplemente decorando las mismas estructuras con caras nuevas?
El liderazgo feminista no es simplemente «mujeres en puestos de poder». Es una forma radicalmente diferente de ejercer la autoridad: horizontal, inclusiva, sostenible y centrada en la vida. No busca dominar, sino cuidar; no imponer, sino construir colectivamente. Y aunque pueda parecer utópico, ya está ocurriendo —en comunidades rurales, en zonas de conflicto, en movimientos urbanos— con resultados convincentes.
Datos que no se pueden ignorar
Según ONU Mujeres (2024), las mujeres representan solo el 26,5 % de los legisladores en todo el mundo. En los gobiernos nacionales, solo 13 de 193 países tienen mujeres como jefas de Estado. Pero allí donde las mujeres han liderado, los impactos son claros: un informe del Instituto Internacional para la Paz muestra que los acuerdos de paz que incluyen a las mujeres tienen un 35 % más de probabilidades de durar más de 15 años.
Más allá de la política formal, las organizaciones humanitarias confirman lo que muchos ya sabían: las mujeres son las primeras en responder a las crisis. La Cruz Roja Internacional revela que menos del 0,5 % de la financiación humanitaria mundial se destina directamente a organizaciones dirigidas por mujeres locales, a pesar de que estas se encuentran en primera línea de acción, desde Ucrania hasta Sudán, desde Colombia hasta Bangladesh.

Liderazgo basado en el cuidado
Pensadoras como bell hooks, Audre Lorde y Rita Laura Segato han insistido en que el feminismo no es una lucha por el poder tal y como lo conocemos, sino más bien una lucha por redefinirlo. El liderazgo feminista entiende que el cuidado no es algo secundario: es político. Que escuchar no es pasividad: es estrategia. Que el trabajo en red no es informalidad: es resistencia organizada.
En América Latina, las mujeres indígenas de la Amazonía defienden sus territorios no con armas, sino con sabiduría ancestral y gobernanza comunitaria. En África, colectivos como FEMNET (Red Feminista Africana) exigen políticas que vinculen la justicia climática y los derechos reproductivos. En Asia, activistas como Khushi Kabir en Bangladesh lideran movimientos que combinan la economía solidaria y la autonomía corporal.
¿Qué necesita la sociedad para potenciar este liderazgo?
No basta con abrir puertas si las reglas del juego siguen siendo las mismas. Para que el liderazgo feminista prospere, necesitamos cambios profundos:
Financiamiento directo: los donantes globales deben asignar recursos sin intermediarios a organizaciones dirigidas por mujeres, especialmente mujeres negras, indígenas, migrantes y LGBTQ+.
Educación transformadora: las escuelas y universidades deben enseñar un liderazgo colaborativo, no competitivo.
Reconocimiento del trabajo de cuidados: según la OIT, si se valorara económicamente, representaría hasta el 39 % del PIB en algunos países. Es hora de que se contabilice, se pague y se redistribuya.
Paridad real, no simbólica: cuotas con fuerza, no de cara a la galería. Como en Ruanda, donde las mujeres ocupan más del 60 % de los escaños parlamentarios gracias a leyes obligatorias.

Construir otro mundo es posible, y ya está en marcha.
El liderazgo feminista no espera a que se le dé permiso. Ya está creando alternativas en medio de la crisis. No se trata de ser «tan buenas como los hombres», sino de demostrar que hay otras formas de liderar: más humanas, más justas, más vivas.
Como escribió la poeta Audre Lorde: «No podemos desmantelar las estructuras opresivas utilizando las mismas herramientas que las construyeron». El liderazgo feminista no aporta nuevas herramientas: aporta nuevas manos, nuevos corazones y, sobre todo, una nueva visión.
Y esa visión merece espacio, apoyo... y poder real.

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